sábado, 19 de julio de 2008

De bestiis (primera parte)


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PRIMERA PARTE

1
El capitán bebió lentamente el último sorbo de café que le quedaba en la taza, parsimonioso, acostumbrado a aquella fea atmósfera de luz plomiza del mes de agosto. A través de los ventanales que daban al corredor, más que la oscuridad de la mañana o el tono amarillento de las cosas bajo la luz eléctrica, el paisaje fácilmente daba la impresión de ser imaginario, o más que eso, inmutable, como si allí hubieran estado siempre las palomas y los niños en el parque, las viejas banquetas de los comadreos de los domingos por la tarde y el reloj de la torre de la iglesia marcando las cinco y media; nada se movía, todo parecía lo mismo hasta donde alcanzaba la vista, hacia el valle, en donde otrora se hallaba La Casa del Paraíso. Pero hoy supo que nada sería lo mismo, cuando alzó la vista y vio la sombra de algún recuerdo desvanecerse, en el justo momento en que Robert Mainz se dirigía a su secretaria con un cartapacio bajo el brazo. Había llegado sin que él se enterara, y de la misma manera, casi en un parpadeo, aquel viejo alemán estaba allí frente a él, mirándolo como a través de una jaula en el zoológico. “Wolfgang” recordó, y por primera vez en su vida, aquel nombre le pareció obsceno, corrupto, maligno, pero que aún así lo atraía de modo inexplicable.
-¡Ah, sí, señor Mainz, ya lo recuerdo -dijo fingiendo el olvido y aún no muy seguro de cómo proseguir-. Le confieso que casi había olvidado el asunto. Me decía algo de la traducción, ¿no es verdad?
-Si, precisamente, ya la he terminado, hasta la última palabra, aunque me temo que algunos pasajes he debido interpretarlos a mi manera, pues no eran muy claros. Dígame una cosa, capitán, ¿son esos todos los documentos? Lo pregunto porque las notas están incompletas, y pensé que a lo mejor...
-No, no hay más documentos; no que yo sepa.
-Pues es extraño, de verdad.
-¿Extraño?
-Quizá sólo sea mi impresión sobre este señor Ungeheuer…
-Comprendo. ¿Puedo ofrecerle algo de beber? Tenemos café, o té, si lo prefiere.
-No, gracias, simplemente agua.
-Como usted guste. Por desgracia la refrigeradora se descompuso, así que se la ofrezco al natural. No, un momento y mandamos a comprar algo como Dios manda. Aún no estamos en quiebra...
-No se moleste. El agua estará bien.
-Y ahora me disculpará usted que le robe un poco de su tiempo –dijo, al par que llenaba un vaso con el agua de una tinaja de barro- pero necesito hacerle unas simples preguntas.
El capitán fue hacia la ventana, la abrió y observó rápidamente cuanto se podía desde allí en un simple vistazo, como si ya se lo supiera de memoria y no esperara nada nuevo. “Verano” pensó, sin de momento otra cosa en la cabeza. A continuación volvió a cerrarla y caminó hacia su escritorio visiblemente hastiado de cuanto lo rodeaba. Luego fingió buscar algo en la maraña de papeles de su escritorio y volvió a caminar con gravedad. Robert Mainz no se había movido de su sitio, como niño obediente a la espera de las preguntas del capitán. Llevaba una camisa amarilla y chillona que el capitán no dejaba de mirar con el rabillo del ojo.
-Señor Mainz, debo preguntarle si conoció usted en persona o por referencia al autor de estos diarios.
-Me temo que no, no poseo ningún dato al respecto, aún más, le diré que llevo viviendo en su país más de seis años, y nunca supe de la existencia de Wolfgang Ungeheuer . Nunca visitó el club alemán o tuvo relación con la colonia alemana, si bien era austriaco. Sin embargo, a Alberto de Prusia si lo conocí, si eso le sirve de algo.
-¿Alberto de Prusia?
-Lo verá en las notas.
-Sí, sí, debo verlas cuanto antes, estoy seguro de que su trabajo debe ser encomiable, según mis referencias. Ahora es cuestión de arreglar sus honorarios. ¡Marielos, venga acá, por favor! Es mi secretaria, ella lleva mejor que yo los asuntos de la oficina.
El capitán no dejó de contrariarse por el súbito gesto de repugnancia en el rostro del traductor, por muy diplomática que fuera aquella leve mueca de quien prueba una salchicha rancia.
-Oh, no podría, capitán. He hecho este trabajo por cumplimiento, usted me entiende, mi pensión me basta, y no quisiera llevar en mi conciencia el haber recibido pago por él. No es nada que quiera recordar. Dejémoslo así. Es una contribución de mi parte a la policía.
-Bueno, no sé qué decir... Me deja usted en una posición que francamente...
-No tiene usted nada que decir. Como le mencioné, es una contribución de mi parte.
-Comprendo, comprendo... Es usted muy amable, y esto es en verdad inusual, no me lo esperaba. Pero aquí entre nos, y perdone que insista, dígame, ¿qué es lo que particularmente piensa de los diarios? Es importante para mí, no sé si me entiende...
Rorbert Mainz endureció de nuevo su expresión, pero esta vez tomando distancia, como si midiera cada palabra que pensaba. Luego fue parco, categórico, indicándole con ello al capitán que su insistencia era en verdad molesta.
-¡Abominable, sí señor, absolutamente enfermizo!




2
El capitán permaneció largo rato frente a la ventana, casi soñando, sin escuchar nada, enajenado, sosteniendo tímidamente la traducción. Las palabras burbujeaban torpemente en su boca mientras el juego de luz y sombra en toda la estancia se transfiguraba en su cabeza; sus ideas iban y venían sin orden en medio de toda suerte de recuerdos. La nueva luz se transmutaba en su interior, hasta llegar a él en un brillo solar reflejado sobre agua suavemente movida y que daba la sensación de un líquido crepúsculo perfectamente tangible en el que todo se transfiguraba. Seis meses habían pasado ya desde el incidente de La Casa del Paraíso, seis meses de silencio; y en medio de esa brevedad, su memoria, como un ente incontrolable, parecía haberlo cambiado todo, distorsionando los hechos a su antojo. Pero ahora que de nuevo todo regresaba, podía ver aquella casa con claridad, alta, magnífica, completamente de madera encajada allí en medio del bosque saturado de niebla: ahí estaban de nuevo frente a él aquellas paredes mudas y desposeídas, aquel pequeño mundo de oscuros pasillos y silencio… silencio, como un agujero por el cual el tiempo se escabullía hacia otro lado.
El capitán volvió a tomar la traducción sin verla siquiera y la puso de seguido en su escritorio, y luego, como si retomara algo olvidado o confuso en el galimatías de la rutina, se estremeció violentamente al recordar el gesto de horror en el rostro de Wolfgang, seis meses atrás, cuando revisaron La Casa del Paraíso. “Wolfgang”, quiso decir, pero aquella palabra no llegó hasta su boca, algo le obstruyó la garganta, por lo que salió a tomar agua al lavabo. "Wolfgang" pensó otra vez y logró pronunciarlo al mirarse al espejo, una y otra vez: "Wolgang, Wolfgang, Wolfgang". Desde el espejo venía ahora su imagen como si de repente fuera a materializarse de cuerpo entero ahí frente a él, transparentándose desde la suya, una imagen ajena a él mismo, propia de otro momento, otro lugar, no de ahora y de aquella pequeña oficina, en aquella pequeña ciudad en la que nada pasaba y donde el pasto crecía a sus anchas y el musgo se amontonaba en las frías veras de los ríos y los húmedos troncos. No allí, no era posible. El hombre del espejo era otro, veinte años más joven, saludando a aquel caballero alto, espigado, de exquisita presencia e impecable en su traje blanco y sus zapatos blancos en los jardines saturados de orquídeas.
Todo había sido distinto seis meses atrás, cuando penetraron en la casa: la puerta cerrada con llave, las maderas levemente chamuscadas protegiendo las miles de fotografías, periódicos y revistas, las pilas de viejas y raras monedas, lámparas, estampillas, cartas sin abrir y una exótica colección de origamis de las más inauditas e inverosímiles formas, intactos, entre el polvo que cubría las mesas. Era una casa singular, casi sin ventanas. El mobiliario se reducía a numerosos anaqueles, mesas de varios tamaños, unas cuantas sillas, una cama y en general, lo indispensable para vivir de un modo más bien austero que pobre. Objetos de valor quedaban pocos: un antiguo reloj de péndulo, botellas de vidrio soplado, restos de vajillas de porcelana y de plata. "No, no habían flores, a Wolfgang no le gustaban las flores dentro de la casa". Y aquel aroma de cedro, penetrante, que se confundía con los barnices, los aceites medicinales, las esencias en los cientos de viales y frascos ámbar, daba a ratos la sensación de sequedad o de humedad.
Aquella tarde veinte años atras, miró la casa y se preguntó cómo de un hombre, del que nadie sabía nada concreto, se rumoraba que era dueño de una respetable fortuna. ¿Quién lo decía? Y ahora, más misterioso que el origen de la fortuna, era el de su pérdida.
“Wolfang” volvió a decir y se concentró en el movimiento de sus labios en la imagen del espejo. Gruesas gotas de agua le bajaban desde su cabello empapado, rodando por todo el rostro, el cuello, la camisa a la altura del pecho. Su gesto de pronto se confundió con aquella mueca en el rostro de Wolfang, y un escalofrío le bajó por la espalda.
El capitán subió los escalones que daban a la habitación principal. Luego, de un vistazo contó los mosaicos del piso, “doce de fondo y ocho de ancho, cuarenta y ocho blancos y cuarenta y ocho negros”, pensó. Revisó cada detalle hasta darse por satisfecho. Tuvo un vago recuerdo de la casa veinte años atrás, con todo el esplendor de entonces, al par que cuatro de sus hombres pasaban frente a él con el cadáver de Wolfgang, un hombre entrado en los cincuenta. “Es todo” dijo, y los hombres abandonaron el lugar. Luego fue hasta el respaldar de la cama y recogió el cuaderno que estaba en la mesita de noche, no sin cierta inquietud por saber si estaba sólo y nadie lo veía. Miró la cama largamente, hasta recordar el gesto en el rostro de Wolfgang en un avanzado rigor mortis. ¿Pero por qué aquel rostro, aquella máscara de horror congelada en el momento de la muerte? Una y otra vez durante la semana del hallazgo las dudas fueron saliendo de cada rincón del enigma, sofocándose en la simplicidad con que el forense había escrito paro cardíaco, para luego callarse, perdiéndose en la rutina de los días, entre los miles de papeles y los anaqueles de la burocracia .
Alexander regresó al salón principal de la comisaría, cerró la ventana por enésima vez y miró nuevamente la traducción y el diario original allí sobre el escritorio, e incluso el rostro de Robert Mainz diluyéndose entre las sombras de los muebles, más bien como si solapadamente se ocultara para escuchar los pensamientos del capitán. El crepúsculo volvió a deshacerse en su memoria lleno de peces y una extraña quietud.
-Marielos, ¿ha soñado usted con peces?
-¿Con peces, señor?
-Sí, peces. Esta madrugada soñé con un estanque lleno de peces. Arriba, en la superficie, había pequeños, y en el fondo nadaban los más grandes.
-Es lo normal. ¿Y les daba usted de comer migas de pan?
-No, sólo los miraba, con dificultad, porque el agua estaba un poco turbia.
El capitán observó que Marielos le contestaba algo, pero el zumbido dentro de su cabeza le impedía escuchar. De pronto unos ojos se fijaban vivamente en él...
-¿Y qué piensa de los príncipes? (dijo sin controlar las palabras que salían de su boca, más bien como si hablara por otro dirigiéndose a un interlocutor que no estaba allí en realidad) ¿sabía que aquí hay varios? Exiliados, claro está, nominales… Herederos de reinos que ya no existen. Imagínese, completamente anacrónicos.
Aquellos ojos continuaban allí, fijos, fríos, tratando de recuperar el verdadero color que los años habían desteñido...
-¿Es posible?
-¡Absolutamente!- exclamó con el énfasis de una sentencia irrevocable. Y de repente ahí estaba de nuevo la casa (no ya simplemente los ojos del anfitrión o su mano extendiéndose en señal de bienvenida), el aire, la mañana húmeda, el rumor del bosque llenando toda la atmósfera de un halo de atemporalidad, de un espacio en donde todo era siempre lo mismo. Esa tarde, veinte años atrás, el príncipe Alberto de Prusia estaba de visita con su madre, la princesa Agnes Catalina y su esposa, cuyo nombre no se conoció, una dama de la realeza húngara digna de los mejores sueños de lujuria.
"-Alberto de Prusia”- se limitó a decir el príncipe.
"-Encantado.
"-Su señora madre, la princesa Agnes Catalina, y su esposa, la princesa…
"-Encantado. Su invitación no sólo me honra, sino que también me sorprende.
"-Alguien que frecuenta mis antigüedades es digno de almorzar conmigo, e intercambiar impresiones, ¿no le parece?
La princesa Agnes Catalina y Wolfgang parecían unidos por una vieja amistad, y al sargento Suárez se le antojó imaginarlos de la mano, viajando en carroza por las calles empedradas de Viena, la princesa muy joven, acaso de catorce años. Ahora empero, la princesa Agnes Catalina se había reducido a una pequeña mujer de tez blanca y arrugada, cabello cobrizo y llorosos ojos azules, con un pálido rictus de reticencia en aquella ajada máscara de monarquía que llevaba siempre con decoro. Durante el almuerzo el príncipe comió muy poco de cada platillo. Probaba una ostra, sorbía algo de champaña, luego daba un bocado por aquí y otro por allá, y así iba de un lado al otro del menú de un modo diplomático y mesurado. Tendría unos cincuenta años, a primera vista coetáneo con su anfitrión, delgado, no muy alto, de manos pequeñas, cabello castaño y rostro inteligente. Su esposa, con más apetito, disfrutaba de una nobleza distinta, algo más frívola. Aquel era el discurrir que precedió a la escena del café, cuando el príncipe recomendó la monarquía en América. Tomaba té con flores de jazmín, el café lo hallaba grosero.
"-Una notable ventaja de la monarquía”, repitió el príncipe más tarde con vehemencia, más bien inflexible, y por alguna razón, el entonces recién ascendido sargento soltó la taza de café y la vió (como si cayera en cámara lenta) chocar con la mesa y arrojar (casi vomitar) su contenido y seguir rumbo al piso mientras las gotas se suspendían en el aire movidas por una suerte de maromero dentro de ellas.
“-¡Qué torpeza la mía!
“- No se aflija amigo Suárez, tengo más tazas. Esa sólo tenía sesenta años.
A la princesa Agnes Catalina sólo la vería una vez más, y así la recordaba, en el balcón de su casa, tocando una trompeta de oro, único vestigio de su reinado.
Al príncipe, en cambio, varias veces lo vería en su apiario en Barranca y en diversos cafés capitalinos, o sólo bajo la lluvia, con su paso imperturbable y su nobleza intacta. Lo había visto apenas el año pasado en una cafetería. Dos hombres hablaban hebreo frente a la caja en la que ordenó un cappuccìno. A éstos pronto se les unió otro más y casi de inmediato dos mujeres que acababan de entrar. Por curiosidad el capitán se sentó en una mesa frente al grupo de judíos y sorbió su café a poquitos, de una manera rendidora. Otra pareja se unió al grupo que ya conversaba, saludaron, pidieron repostería y se unieron a la discusión. De modo que ya eran cuatro hombres y tres mujeres. “Abraham, Josué, Benjamín, Jacobo, Ruth, Miriam y Ester” susurró el capitán caprichosamente. De pronto y sin preveerlo habían veintiún judíos vociferando en hebreo entre carcajadas. Poco después fue que descubrió al príncipe sentado dos mesas a su derecha, tomando té. “Seguro no me ha visto”.
“-¡Príncipe, príncipe Alberto! -exclamó, y el anciano lo miró desde su mutismo-. ¿No me recuerda?
El principe le echó una mirada entre condescendiente y enfadado.
“- Sinceramente no, joven.
“-¡Cómo no, cómo no... Wolfgang!, articuló el capitán con su mejor acento alemán.
“-¡Ah, es usted, Wolfgang! ¿Por qué no me ha vuelto a llamar? Mi madre murió; quería que lo supiera. ¿Pero qué se ha hecho usted?
“- No, no soy Wolfgang.
“-¿Eh? Perdóneme, perdí el oído derecho, venga, hábleme por este lado.
“-Que no soy Wolfgang; míreme y recuerde, en la casa de Wolfgang- gritó el capitán. ¿Me recuerda?, soy Alexander, A-le-xan-der, ¿recuerda?
“-¿No es Wolfgang?
Los ojos del principe tomaron un nuevo brillo, casi de infante. Luego apartó su té y junto las manos como queriendo aprisionar su memoria antes de que los recuerdos se le fueran.
“-No, lo siento. Me tengo que ir. ¡Suárez, Suárez!- gritó otra vez el capitán alejándose, y el príncipe se quedó viéndolo muy confundido desde sus ojos inteligentes en los que ahora más que nunca revivían coronaciones, palacios, principados, guerras mundiales y un exilio forzado a una tierra en la que vivía al cuido de sus abejas.




3
Era todo lo que sabía de Wolfgang. Pero ahora, al contemplar la traducción, un frenético desasosiego lo sobrecogía, como si no hubiera jamás ponderado el precio de sus más secretos deseos. Aquel asunto, sin embargo, en el fondo nada tenía que ver con las circunstancias de la muerte de Wolfgang, acaso con algo ajeno a él, muchos años dormido y alimentado por vagos estímulos de aquí y allá, y que de repente despertó al contemplar por primera vez la traducción e intuir lo que ello significaba. Sentía dentro de sí una náusea, que lo sumía en un estado de vaciedad, como si en él, en su yo orgánico, no hubiera nada además de la epidermis. Hacía seis meses que la muerte de Wolfgang había ocurrido y ahora se hubiera dudado de su existencia. ¿Qué había ocurrido en él todo ese tiempo que parecía hacerlo sentir que sólo hasta ahora, que verdaderamente vivía, algo le faltaba? De nuevo sintió que le hervía la cabeza, una nueva conciencia, que creía imaginativa y sensible, y que empero, lo asustaba lo mismo que si hubiera amanecido con un ojo al final de la naríz. Porque en verdad, cuanto le rodeaba, salvo Marielos, le parecía baladí. En su memoria extrañamente se habían fijado los aromas de aquella única vez. Allí estaba todo detalladamente. Podía ver a Wolfgang escandiar el Chateauneuf du Pape 1958, y aquella rara botella de Süßer Rheinriesling Rheingau 1828. A él venían las risas (y no era la primera vez) de la Princesa Agnes Catalina frente a la mesa fastuosamente servida: Forellenterrine, Rindsuppe mit Milzschnitten, Getrüffelte Fasanenpastete, Salat mit weißem Spargel, Hirschbraten mit Preiselbeermarmelade und Serviettenknödel, Apfelstrudel mit Vanillesauce... Y con ello cada vino en su lugar: Dom Pérignon cuveé 1971, Grüner Veltliner 1974, Genevrieres 1971, Chateauneuf du Pape 1958, Süßer Rheinriesling Rheingau 1828...
Luego, saboreando su paladar, notaba con tristeza cómo aquella atmósfera se diluía en sus ojos hasta desvanecerse entre las paredes de la comisaría, en la que franco como era, se entregaba a otra variedad de apetitos, sucedáneos, a lo mejor, de sus verdaderos anhelos. Allí se entretenía viendo a Marielos dando vueltas por la oficina. Ahí estaba ella, en medio de su mundillo de burocracia y rutina, servicial y correcta. Tenía ya casi dos años de haber llegado a Paraíso, muy joven, coqueta, responsable, puntual; un manojo de virtudes que el capitán valoraba verdaderamente, y que por lo mismo, le agregaba cierto pudor a su fantasía, frenando en seco ese apetito suyo por el universo femenino, y que en los últimos meses había venido a constituir el pan nuestro de cada día. Era así que se contentaba con mirarla a través de una muralla de epicureísmo, refinamiento del cual al fin, se consideraba poco digno. Nada en él estaba claro, aún peor que eso, ahora las cosas se complicaban con el surgimiento de ese nuevo asunto en su vida.
“Matrimonio” pensó, y el concepto le causó escalofríos.
-¿Qué hora es, Marielos? –dijo luego dándole la espalda y con la mirada en ninguna parte.
-Las diez y media, señor.
-¡Las diez y media! ¿A qué hora vino el alemán?
-A las ocho, apenas abrimos.
-¿Está diciéndome que vino hace dos horas?
-Dos horas y media, señor...
-Ah..., matemáticas...
“Nada está claro” se decía sin cesar.


4
Ya para el mediodía se sintió muy descansado, incluso etéreo, como si flotara en realidad por toda la estancia. Iba y venía de esa manera recorriendo la oficina y sintiendo el peso de su cuerpo, que aspiraba y luego exalaba, aquel éter que ahora sentía ser, en una especie de reflujo de sí mismo y de esa conciencia superior surgida de sus últimas meditaciones. Cuando sintió que el bochorno comenzaba a reemplazar el aburrimiento, el capitán Suárez se puso de pie hasta beberse la pereza que flotaba en aquel día hermoso y diáfano, “porque hay días que de lindos dan grima” le había dicho no hacía mucho a su secretaria.
-¿Almorzará en la sodita del parque, señor? Hoy tienen sopa de mondongo.
-No, no puedo, quedé de ir a casa de Lorenza.
-Alexánder, llega usted algo temprano, mencionó Rosa María, la hermana mayor de Lorenza, al recibirlo en la puerta.
-Sí, creo que tiene razón.
-Lorenza está en la sala, vaya usted a verla.
-¿Y la señora Carmen?
-¿Mamá?
-Sí, ella.
-La llama usted de una manera, que más parece…
-Pues si le soy sincero, debo decirle que su señora madre y yo es posible que tengamos demasiadas diferencias. Además, me parece que es bastante intolerante, no digamos ya intolerable. Critica, critica y critica, no hace otra cosa, todo le parece mal, todos estamos mal. No me imagino como tuvo tiempo para tener hijos; usted lo sabe bien, ¿o va a decirme que miento?
-Hay que reconocer que mamá es algo… particular.
-¡Particular, ja, ja! Con su permiso.
“¿En qué estaba yo pensando esta mañana? Ah sí, en el sueño” iba diciéndose Alexander al recordar aquel sueño en que daba saltos por un prado sembrado de crisantemos. Plin, daba un salto y se elevaba sobre las flores y el mismo prado, pero en seguida volvía a caer. Así que volvía a saltar con más fuerza y se elevaba aún más, y extendía los brazos como planeando, pero de nuevo caía. Entonces al siguiente salto se impulsaba con toda su fuerza y levantaba la nariz y estiraba el cuello, los brazo, las piernas y planeaba todavía más, pero no lograba volar, caía de nuevo a tierra. Y esto lo frustraba enormemente, pues su madre le había contado de un sueño en el que ella volaba. “Que tontería, que uno en su propio sueño no pueda volar.”
-Alexander, llegas temprano.
-Sí, ya me lo dijo tu hermana. ¿Cómo está tu padre?
-Bueno, papá, ya sabes, está en su cuarto.
-¿Almorzará con nosotros?
-No sé si estará de humor. Tal vez, ¿por qué no le dices?
-Mira, Lorenza, eso es asunto suyo; si quiere comer en su cuarto, pues que coma ahí, ¿no te parece? ¿Por qué voy yo a intentar modificar sus deseos? Que tranquila se ve la casa. ¿Y tu madre?
-Está en la cocina.
-Ya decía yo...
Alexander se quedó viendo el elefante de porcelana verde que estaba sobre el trinchante, “uno más”, y recorrió con la vista todos los pequeños adornos de la sala: caballos diminutos junto a gallinas gigantescas, diversos cerdos perezosos y toda una piara de cerditos siguiendo a su mamá, jirafas de plástico, elefantes (de marfil, de madera, de porcelana, de aluminio, de vidrio –etcétera, etcétera-), perros, gatos de vidrio esmerilado, y vaquitas: el hábito de coleccionista de sor Elizabeth, la segunda en edad de las tres hermanas, una muchacha hermosa y exuberante que por algún tiempo había recorrido el mundo en una Harley Davidson en sus edades hippies, forrada en cuero, mitones negros con puños plateados y botas tejanas. Le gustaban Mozart, Picasso y las novelas francesas. Quizá ello la llevó a brincarse la tapia del convento de las carmelitas y dedicarse a causas superiores. “Mi hija siempre ha sido una santa” decía su padre. Rosa María era la mayor de las tres, casada con el dueño del aserradero, cuarentona y con ocho hijos a su haber. También devota a las carmelitas, aunque desde la acera de los laicos, llevaba su vestido café como se llevan uñas en los dedos. La mitad del día la pasaba en su casa y la otra en la paterna, rezando con su madre el angelus y haciendo ayuno. Ella, la madre, doña Carmen, carmelita hasta la médula pero sin vestidos, pues el café la hacía verse más gorda, era una matrona dominante que rezaba todos los días su rosario de remordimientos. Así, la esposa de su marido (don Tobías Villareal) se pasaba sacudiendo en sus ratos paganos, limpiando las vajillas, los jarrones, ordenando sillas, gritando a sus vecinos, en fin, recorriendo como generala el ajedrez de su casa, en donde en cada esquina los visitantes, que en otros tiempos no eran pocos, se tropezaban con los portales de todo el año, amén de las biblias, los crucifijos, las vírgenes y buena parte de la corte de ángeles.
Cosa aparte era la habitación de don Tobías, un mundo separado, austero, silencioso. El esposo de su mujer, limitaba su lucidez de los años veinte a los cincuenta. De ahí en adelante todo era chisporroteos y redescubrimientos. Por la mañana se sentaba frente a la cama a ver pasar la gente. Casi siempre almorzaba allí mismo, y por las tardes hablaba con sus viejos camaradas que salían de esta o aquella pared, según él mismo decía. Con todo y más, Alexander le tenía un gran afecto, que el viejo correspondía.


5
En un día como aquel fue que conoció a la que iba a ser su esposa, (ella abriendo la puerta en lo que no era más que un error policial, delgada, vigorosa, con aquel camisón translúcido con el que se levantó, medio dormida, con todavía la expresión pecaminosa del último sueño, dejando ver no sólo la cicatriz a la altura del apéndice (la casa más bien vacía, la recámara más bien fría -la cama flexible, la mujer escurridiza, juguetona, fuerte, cósmica- la madre más bien impertinente, el padre más bien nada) sino el ansia, el pulso de la sangre, su piel de lunas) la menor de las hijas de aquel binomio de contradicciones, de aquella casa, (que como la de Wolfgang, pertenecía más bien a una dimensión atemporal, y cuyos habitantes, aislados en sus pequeños universos, deambulaban ateridos nada más que a espejismos.) “Habrá que casarse” dijo ella, y él, sin objeciones, se quedó callado. Luego el viento cambió y fue borrando la luz de la tarde. En dos días olvidó el asunto e incluso el incidente mismo fue perdiendo importancia hasta diluirse entre la neblina de aquella pequeña ciudad al pie de las montañas.
Sin embargo, toda aquella maraña se desvanecía al contemplar la realidad de sus vidas, simples y llanas, satisfechas con lo más mínimo, lejos de esa, su conciencia superior. El propio Tobías Villarreal fue el primero en sentarse a la mesa.
-¡Qué gusto, don Tobías, que nos acompañe!
Hombre tímido, don Tobías se limitó a encogerse de hombros y decir:
-Ni modo, para que vean que estoy vivo.
El almuerzo transcurrió muy en silencio. A la mesa estaban las tres hermanas, el marido de Rosa María, doña Carmen, don Tobías y Alexander.
-Primera vez que lo veo por aquí- interrumpió el capitán el mutismo, dirigiéndose al esposo de Rosa María.
-Pues no hay más remedio, mi señora pasa aquí más tiempo que en mi casa.
-No exageremos, Jairo, no exageremos.
-Total, se come bien aquí de todos modos. ¿Y usted, cuándo se tira la soga al cuello?
-En eso estoy pensando- replicó el capitán al par que ojeaba de arriba a abajo a sor Elizabeth. “La verdad que no está nada mal, no señor”.
-Alexander, te están hablando. Diles cuándo nos casamos.
-Ah, en… Era en noviembre, ¿verdad?
-Sí, el diecisiete.
-Ya lo vez, hija –dijo la madre- no se acuerda ahora de la fecha, y no lo hará más. Así son todos los hombres, mira a tu padre. Tobías, ¿cuándo nos casamos, lo recuerdas?
-El 21 de febrero de 1952, a las cinco de la tarde, en la iglesia de La Agonía. ¿Te parece? Es un alivio, hijo –dijo mirando al capitán- recordar, la fecha por lo menos…
-Y eso porque te lo recuerdo, por eso y nada más.
Alexánder miró los granos de arroz en la barba de don Tobías y como le escurría el caldo de nuevo al plato. Después recordó las ostras en casa de Wolfgang. El príncipe sostenía la ostra con la mano izquierda y con la derecha, delicadamente le retiraba la carne con el tenedor, se la comía, la saboreaba y le daba otro sorbo a su champaña.
“-Miren el caso de Brasil -mencionó el príncipe- tuvo rey hasta el siglo pasado, e independiente de Portugal…
-¿Wolfgang, quién es Wolfgang?
-¡Alexander!, mamá pregunta que quién es Wolfgang.
-¿Wolfgang, dije Wolfgang?
-Sí, acabas de decir Wolfgang- intervino Jairo.
-¿El tipo de La Casa del Paraíso? -atinó a decir don Tobías-. Yo lo conocí, ¿se murió, verdad?
-Si, hace unos seis meses, ¿cómo lo supo?
-No me creerías, hijo, nadie me cree en esta casa.
-Usted debería salir, papá –dijo sor Elizabeth-. Le haría bien caminar, asolearse un poco. Ahí metido sólo se enferma más.
-Lo ves, Alexánder, dicen que estoy enfermo.
-Pues salga, a lo mejor afuera sí le creen.
-Hablando de salir –mencionó sor Elizabeth- ¿que pasó con el paseo?
-¿Qué paseo?- dijo el capitán.
-¿No sabe usted nada?
-No.
-El paseo al río…
-Las niñas –dijo la madre- quieren ir al río de día de campo.
-¡No les basta con vivir en el campo! –graznó el padre- ah no, quieren ir al río y que se las coman los bichos.
-¿No te gustaría, papá, ir a almorzar al río, en algún playón? Mira que así vas, sales, te asoleas, te entretienes matando mosquitos, y le cuentas algo nuevo a tus camaradas. ¿Sabías que papá peleó en la guerra contra los nazis?
-¿Cómo fue eso que dijo antes, sobre la muerte de Wolfgang?
-Ah, eso, ya me había pasado antes.
-¿Antes?
-Delirios de mi marido, en ocasiones pienso que deberíamos…¡Oh Dios mío, Tobías! Si usted supiera –dijo doña Carmen ahora llena de lágrimas-. A veces pienso que sería mejor… Hace como un año, después de una larga temporada de insomnio le recetaron halción. Mire, Alexander, le cuento esto aunque sé que yo a usted no le simpatizo (y le juro que no me preocupa en lo más mínimo), pero véalo, no entiende nada, mi marido, es como una lechuga. ¡Si usted lo hubiera visto, Alexander! Oí ruidos en su alcoba, muy fuertes, como si más bien se estuviera peleando con alguien. Así que fui y cuando me vio entrar me dijo:
“Cuidado te muerde, Carmen.
“¿Qué estás haciendo, Tobías?
“Ven, ayúdame, que no alcanzo.
Ahí estaba, parado sobre la mesita de noche, sostenido de la pared, con las manos estiradas.
“¿Qué es lo que no alcanzas?
“El borde de la pared, voy a saltar al otro lado.
“Pero Tobías, la pared termina en el cielo raso, ¿cómo es que vas a saltar? ¡Qué estoy diciendo! Duérmete de una vez.
“El perro, Carmen, el perro. ¿Ya se fue? ¡Maldito animal!
-Lo ves, Alexánder, nadie me cree. Veo cosas.
-¿Vio a Wolfgang?
-Sí. Me desperté al sentir que alguien se apoyaba en la cama. “No tengo mucho tiempo” me susurró. Su rostro estaba iluminado en medio de la oscuridad. Después me dijo algo que he olvidado por completo. ¡Que curioso, lo dijo con un rostro tan angustiado!
-Sí, sí, parece que fue lo mismo con el tío Serafín –dijo la madre-. Pues resulta que acá este señor, mi marido, tiene un no sé qué con el más allá que vive viendo y oyendo cosas. Ya de joven me decían: “Cuidado con este, que tiene la cabeza llena de espantos.” Y justo al mes de casados va y me dice:
“Anoche hablé con tu tío Serafín.
“Pero Tobías, el tío Serafín está muerto” Y si el asunto hubiera sido sobre alguna herencia... ¡Pero no!, era sobre el honor del tío, que tenía que limpiar para cruzar al otro lado. Ya ve, mi marido ni siquiera ahí tiene buenos contactos.
-¿Y si es cierto? He sabido de casos muy serios.
-¿Cómo, es que va a hacerle caso con el asunto de Wolfgang? ¡Ja, ja! Lo ves, hija mía, como las desgracias también se heredan, ya te veo en unos años contándome que el tuyo habla con marcianos, que es lo que está de moda...




6
El capitán se percató de que en efecto iba de regreso a casa, pero sin saber de donde venía. La tarde había huído de su memoria justo al salir de nuevo hacia su oficina. “¿Dónde demonios estuve?” se dijo, inquieto, mirando el avance de la noche, que se anunciaba silenciosa, mientras a su memoria, aunados a los del atardecer, venían los colores del crepúsculo de aquellos seis meses de silencio: translúcidos gajos fosforescentes que se mezclaban de pronto en un capricho femenino, todo mármol ardiente que descendía desde lo alto de unos gordos dedos de princesa rusa, plácido, hasta los senos; fríos tonos invernales e inusitados que daban paso a vivos rojos y violetas. El capitán recordó a la esposa del príncipe Alberto y la encontró parecida a la mujer de las nubes. “Una princesa” se dijo, algo divertido, e imaginó que la perseguía desnuda por una alcoba ricamente amueblada. ¡Qué distinto le aparecía aquello ante sus ojos, a la ambigua sensación que tuvo en casa de Lorenza. “Lorenza, Lorenza...”, se decía, tratando de que el simple nombre le revelara lo que acaso no podía observar de otra manera, pero sin acabar de convencerse. “Todo esto es por el maldito matrimonio” exclamó en su soledad, alejándose por un instante de todo aquello, y se concentró de nuevo en la mujer de las nubes. Ahora de su busto emergían rayos azafranados y un borde solferino le delimitaba los senos. Se veía joven, un poco endiablada, irresistible, iluminada por aquella iridiscencia que en sus sueños se reflejaba en los peces del estanque. Todas sus memorias se hicieron espuma sobre las aguas que temía penetrar, hasta que la bruma decreció en medio de voces y rostros y la calle se hizo reconocible justo donde terminaba el asfalto y empezaban los adoquines. En la esquina, una alta tapia encalada resguardaba un solar y sobre la blancura en la que se reflejaba el sol, Alexander identificó una pequeña figura humana que al principio le pareció una niña con pelo blanco. Luego, la niña se le asemejó a algún extraño animal, pero más de cerca salió de toda duda al ver una anciana de un metro treinta o cuarenta a lo sumo, consumida por los años: su rostro infinitamente arrugado (igual que una hoja de papel cebolla o celofán que se ha estrujado con fuerza entre las manos), los ojos pálidos y cristalinos como los de un ciego, los pies descalzos, resecos y agrietados. Vestía una vieja bata de manta verde, y se cubría el rostro para protegerse del sol, tibio apenas en la atmósfera. Entonces un sonido lo distrajo, por lo que giró abruptamente la cabeza en dirección contraria a la anciana (viendo como en el movimiento, el reflejo solar se mezclaba con la borrosa imagen de la vieja de cuclillas en la acera) hasta posar su mirada sobre su propia casa, a sólo unos pasos más allá. Y al avanzar sentía que cruzaba, más que la distancia simplemente física, alguna dimensión de sí mismo. Un aire frío, que llegaba desde el jardín poblado de raras sombras entre el seto de hibiscos y los rosales, le golpeaba el rostro. La luz se filtraba vagamente a través del follaje enrarecido por la estación seca creando un fino encaje espectral. Su pasado reciente (esas cuatro o cinco horas, que en vano trataba de recrear) parecía haberse quedado preso en la esquina de la alta tapia encalada. La anciana había desaparecido, como si la misma tierra se la hubiera tragado, haciendo emerger a cambio (no la tierra propiamente, con una fuerza nada más que telúrica, sino el espacio ese de su dimensión, en donde ahora queda la imagen de aquellos ojos pálidos y cristalinos, de aquellos pies agrietados, cabellos blancos e impuros como nieve sucia, de aquel espíritu desquebrajado) voces que apenas recuerda, perdidas en un rumor de aleteos y lamentos de aves, de olas marinas a la distancia. Pero otro sonido lo regresó al aire frío sobre su rostro y las sombras del jardín de su casa. Las luces de la sala estaban encendidas, por lo que se aproximó ocultándose, aprovechando el avance del peso de la noche, igual que si se tratara del interior de un sueño del que no acababa de despertar.




7
Se sobresaltó al encontrar la puerta abierta y que no hubiese nadie a la vista. Podía allí, desde la sala, escuchar el reloj de péndulo de su estudio, al final del zaguán. El capitán caminó a tientas en la penumbra hasta la primera habitación.
-Por fin llegas –dijo alguien a sus espaldas, dándole apenas tiempo de empuñar su revólver- estaba a punto de irme.
-¿Quién demonios es? –gritó, encañonando el arma hacia la oscuridad de donde venía la voz. Es mejor que salga lentamente. Le advierto que estoy apuntándole.
-Alexánder, por Dios, vas a dispararme.
-¿Me conoces...?
-Claro que sí. Soy Jacinto, ¿no lo ves?
Frente a él emergió, desde la oscuridad, un pequeño hombre, ataviado con traje oscuro y corbatín negro.
-¡Jacinto! ¿Qué diantres haces en mi casa?
-Vine a verte, como le dije a tu secretaria, al mediodía.
-¿A Marielos?
-¿Me preguntas a mí? Me dijo que llegabas a las dos, pero no podía esperarte, así que me dió tu dirección, y bueno, hace un rato encontré la puerta abierta.
-Pues qué susto me has dado.
-Perdona que entrara. ¿No estarás molesto?
-No, no… Es mi culpa. Debí arreglar la puerta ayer.
En seguida, el capitán se sentó en un sillón, algo agitado, sintiendo dentro de sí que las cosas retornaban a su control en la seguridad de sus dominios.
-Parece que no han pasado los años, Jacinto –dijo el capitán sin mirarlo, buscando una puerta o una ventana, como solía hacer diariamente, para posar su vista.
-¿Tú crees?
Asustadizo como era, Jacinto no dijo más. Caminaba de un lado a otro de la estancia sin poder detenerse ni decir palabra, dándole pequeños sorbos a la copa de oporto que le había ofrecido el capitán, cada cierto número de pasos, de modo metódico, preciso. “¡Orden, orden, orden, orden. Todo es orden” recordó Alexánder aquellos años escolares, cuando Jacinto salía en el cuadro de honor y él coleccionaba expulsiones. Se divertía en asuntos de faldas y haciendo toda clase de alborotos. “Orden, orden“ seguía allí aquella vocecilla meliflua y dulzona, como si no hubiera podido borrarla en tanto tiempo, en su oficina, tratándo de que la letra le saliera elegante y redondeada; pero, por todo esfuerzo, al final sólo conseguía ganchos y picos que el personal aprendió a descifrar. Sobre todo Marielos, la pelirroja. ¿Qué hubiera hecho sin ella? Y ahí estaba él, Alexander Suárez, lento, reposado, harto, cansado de mirar por la ventana la misma gente jugando damas en el parque, los mismos colegiales en la esquina aquella de las buganvillas, comiendo helado y fumando sus primeros cigarrillos, los mismos borrachos tirados en los caños. “¡Como para hecharles gasolina y prenderles fuego a todos!” se decía en su particular proyecto de limpieza urbana. Pero ninguno hablaba. No obstante, una vez que se bebieron ambas copas, Jacinto se animó a reanudar la conversación. Le temblaban ligeramente las manos.
-Bueno, hombre, ¿qué ha sido de tu vida?
-Pues ahí va, podría ser peor.
-Andas un ánimo, viejito...
-Y dime tú, ¿mujeres?
-¡Cómo haces leña del árbol caído!
-Hombre, es asunto de voluntad y paciencia; quizá más paciencia que otra cosa.
-Sería después, primeramente habría que tener voluntad, pero antes aún que eso, deseo.
-¿Qué dices, que con desear basta? No seas tan simplista. No olvides como les gusta a ellas el cortejo.
-Sí, sí. No he dicho que no haya que cortejar, por muy difícil que se me haga el asunto de parecerme a un gorila en celo, digo, que sin deseo nada se mueve. ¡Nada! ¿Te has puesto a pensar, Alexander, qué es lo que nos hace vivir más que existir? El deseo. Es lo que yo pienso ahora, es lo único que nos hace libres y nos diferencia de ser solamente otra forma de vida de los millones que se conocen. ¿Qué vida tendríamos sin el deseo? La voluntad en verdad nos hace vivir como sociedad. Esto, amigo mío, me hace sentir como en una colonia de hormigas. Por el contrario, el deseo es siempre íntimo, mientras sea el propio, naturalmente. El deseo es la fuerza creativa pura, y es allí en donde reside el poder, el único que realmente tenemos: el poder de ser, de vivir más que existir. La voluntad es en todo caso un fenómeno posterior. El deseo es el poder puro.
-Si pudieramos desear libremente, Jacinto...
-¿Y qué harías en un lugar en el que estuvieras libre de todo prejuicio para satisfacer tus más profundos deseos? Piénsalo bien, Alexander, piénsalo bien…
Aquel inesperado giro de la conversación había cambiado por completo el semblante del capitán, haciéndole sentir al mismo tiempo que todas sus fuerzas lo abandonaban, casi al punto de soltar la copa que se había llevado a los labios. Pero la turbación fue momentánea, y al recuperar el calor de su sangre, pudo apreciar como Jacinto extendía su brazo hasta la repisa bajo el espejo a su derecha y tomaba de ella la traducción. El capitán sintió de repente un ligero asco hacia aquel hombrecillo insignificante, con aquella sonrisilla burlona e irreverente que no abandonaba nunca su rostro. Todo él parecía hecho de pura malicia. “Podría aplastarlo igual que a una cucaracha”, pensó, pero el capitán era un hombre que respetaba el valor sin importar de donde viniera. “¿Cómo un ser así de ínfimo es capaz de tanta arrogancia?” Era evidente que conocía de qué asunto trataba el diario al acariciarle el lomo. Aún más, sus ojos, oscuros, con la opacidad que sólo brinda el remordimiento, se abrían con avidez frente al nombre del autor; pero Wolfgang no era una palabra que pudiera salir libremente de sus labios resecos, acaso frenado, en el mejor de los casos, por una súbita prudencia.
El capitán apuró su copa y se sirvió más licor.
-¿Otra copita? -dijo- a lo que Jacinto respondió acercando la suya a la botella.
-Desde luego, pero aún aguardo tu respuesta. ¿No será que me estás evitando?
-Perdona que te saque del tema, pero necesito preguntarte una cosa. A lo mejor me seas útil.
-¿Útil yo? ¿De qué se trata?
-Dime, ¿conociste al anticuario aquel que...?
-¿Wolfgang, el de La Casa del Paraíso?
-Pasaré la sorpresa por alto. Dime que sabes.
-¡Un tipo extraordinario, cultísimo! Charlamos varias veces en el café de Rosibel, ¡una delicia! Hacía origamis mientras hablábamos, ya sabes...
-Sí, sí... origamis... Así que lo conocías bien.
-No, no dije eso. Me parecía un hombre cuyos deseos estaban satisfechos. Se le veía siempre como si no esperara nada más del mundo o de la vida. Pero conocerlo, no lo conocí realmente bien. Deberías hablar con Tobías Villareal, él sí que lo conocía, desde su llegada a Paraíso. Incluso iban a ser socios en algún tipo de negocio, pero nunca se llevó a cabo. Nadie sabe por qué.
-Curioso. ¿Quieres más oporto o nos dedicamos a otra bebida?
-No sería mala idea, algo menos dulce, quizá. ¿Tienes whisky?
-Nunca me falta. ¿Soda?
-¡Por San Jorge, qué estas sugiriendo!
Ambos se miraron, de repente, buscando en el otro eso que habían perdido y los años ya impedían recuperar. Jacinto se levantó del sillón y fue a servirse más oporto. A la breve distancia se miraba distinto que de cerca, encorvado, canoso, de rostro agotado y macilento, de ojos maliciosos que parecían encenderse cuando tomaba entre las manos (también nervudas e inseguras) la botella de licor. Al tragar, toda su garganta se estremecía, como si engullera una presa viva, un conejo por ejemplo. Alexander fue hasta la ventana y miró con desgano hacia el jardín; la oscuridad impedía incluso ver el seto de crotos, una pesada negrura que penetraba la casa uniéndose a ese silencio que entre ambos siempre ganaba la batalla a la conversación. Luego regresó al sofá del que se había levantado y observó la botella de oporto y su vaso solitario sobre la mesilla al centro de la sala. Se sentía vivamente inquieto en medio de las últimas cavilaciones, por lo que caminaba por la alcoba mirándose de vez en cuando en el espejo, casi volviendo a reconocer todo de nuevo. Y es que a pesar de lo bien que recordaba el capitán la escena en torno a aquella pregunta, de lo demás, apenas si quedaban esbozos en su mente, que poco a poco iba diluyéndose en la noche. "Piénsalo bien, Alexander, piénsalo bien… un lugar en el que estuvieras libre de todo prejuicio para satisfacer tus más profundos deseos".
Una vez que en su interior hubo también soledad, regresó a su estudio. Por un instante volvió a escuchar la vocecilla de Jacinto dentro de su cabeza “¡Qué silencio!” Luego miró la hora en el reloj de la pared y la negrura de la noche. Una vez más, vino a él aquella frase de Robert Mainz: “¡Abominable, sí señor, absolutamente enfermizo!” Acto seguido, leyó el diario.

miércoles, 2 de julio de 2008

Reseña en Red Cultura

http://www.redcultura.com/novedades_literarias/de_bestiis/de_bestiis.php

jueves, 3 de enero de 2008


Introducción a la novela De bestiis, de Manuel Marín Oconitrillo

Los confines de De Bestiis


Mauricio Vargas Ortega. Discurso de presentación de la novela De bestiis, Santa Ana, Costa Rica. 19 de Julio del 2007.


En el prólogo de su bestiario, titulado El libro de los seres imaginarios, Jorge Luis Borges afirma: “El nombre de este libro justificaría la inclusión del príncipe Hamlet, del punto, de la línea, de la superficie, del hipercubo, de todas las formas genéricas y, tal vez, de cada uno de nosotros y de la divinidad. En suma, casi del universo.”(Borges, 2005: 7)
En De bestiis, la primera novela del escritor costarricense Manuel Marín Oconitrillo, los seres imaginarios, los incomprendidos y temidos personajes del bestiario, terminan coincidiendo en el espejo con nuestra imagen asombrada.
Desde siempre los seres humanos hemos tenido la necesidad de poblar con monstruos un universo que tiene tanto de laberíntico como de absurdo para nuestro limitado entendimiento. La mitología griega nos cuenta como el rey Minos mandó construir el laberinto de Creta para encerrar en él al aberrante hijo de su esposa Pasifae. Dos monstruosidades hicieron famosos al rey y a su reino: el Minotauro, mitad hombre y mitad toro y el laberinto, espacio planeado para la locura y la muerte. ¿Por qué el rey construye el laberinto? Me aventuro a creer que la creación de un espacio indescifrable, del cual no conocemos la salida; un espacio de infinitas repeticiones para la visión errante y cada vez más impaciente del que corre por sus galerías ensangrentadas; la certeza de que toda certeza humana es ahí inútil, pudieron colaborar con un espejismo que erigía el reino de Minos como un espacio coherente y seguro. Quizás necesitaba el rey sentir que por oposición habitaría él un mundo totalmente demarcado y cognoscible. La acción comprensible de encerrar a la bestia en este espacio de la desesperanza está ligado absolutamente con el espejismo antes presentido. Necesitamos aislar al monstruo, señalarlo, arrinconarlo en mazmorras, en castillos abandonados, en pantanos ignotos, para asegurarnos que esta bestia que frecuenta nuestras pesadillas no está esperándonos en el lago vertical de los espejos. De ahí quizás el miedo primordial a estas superficies que, como tantas veces escribió Borges, cometen la impiedad de reproducir, al igual que la paternidad, un universo falaz.
En la novela De bestiis, el capitán Alexander Suárez recorre su propio laberinto, que va más allá sin duda del espacio monótono y asfixiante de su cotidianidad: su oficina; la ventana, espacio metafísico por el que siempre busca escapar de la rutina, las miradas y el sueño; el parque, que como un paisaje de museo forma un todo con una serie de situaciones y seres infaltables; la casa de su prometida, donde la figura de don Tobías marca una de esas puerta que nos conectan a otras dimensiones, grieta para asomarnos y presentir apenas las sombras de todo aquello que pobló siempre nuestras pesadillas. Los escenarios del recuerdo, de los sueños y el deseo están muy bien definidos, apelando a un cosmopolitismo modernista que contrasta con la casi ausencia de referencias cotidianas del relato; podría ser casi cualquier lugar de Hispanoamérica, aunque en algún momento se menciona la Iglesia de la Agonía entonces la imagen de una Alajuela borrosa nos pasa por la mente, apenas un segundo engañoso para luego diluirse para siempre. Y es que los escenarios más importantes de esta novela son interiores, y ahí ya me detengo en una de las características de la narrativa de este escritor, que con cada entrega nos convence más de su dominio del universo psíquico de los personajes y la polisemia carnavalesca de sus situaciones.
Las divagatorias intervenciones del narrador logran describirnos finamente los espacios exteriores, pero siempre este relato está subordinado a los otros escenarios inmateriales: los recuerdos, los sueños, las alucinaciones, los fantasmas, los demonios que no dejan de debatirse en los cerebros de los personajes.
Como un hilo de Ariadna que se sigue por los oscuros pasadizos del laberinto, brillantes por la luna reflejada en la sangre que forma charcos por doquier, la figura de Wolfgang Ungeheuer representa ese monstruo mítico que parece estar atado al otro extremo de la cuerda que rodea la cintura insegura del capitán Alexánder Suárez.
Este austriaco centenario, nacido en Viena, es el detonante de una búsqueda interior por parte de Suárez. Su muerte, tan misteriosa como su vida, deja en la memoria del capitán Suárez una terrible mueca de horror, y en sus manos un diario escrito en alemán, que el jefe de policía hace traducir cuanto antes. La lectura del diario representa para nuestro personaje un viaje metafísico, muy similar al que emprenden los personajes de la película Ojos bien cerrados, última creación del gran director Stanley Cubrick.
Y es que en De bestiis el bestiario adquiere otro significado y toma otra dirección. Si los bestiarios conocidos se concentran en describir y materializar a estos seres extraordinarios fuera de toda humanidad, en la novela de Manuel Marín es justamente el alma humana el escenario en que estos monstruos se solidifican. La búsqueda de Wolfgang va en dirección contraria a la de su padre, que ante una ruptura irremediable de su alma, empieza a coleccionar seres monstruosos para evadir la monstruosidad que se insinúa en el espejo. Wolfgang no colecciona monstruos porque descubre que estos conviven con nosotros en las ciudades, que se mueven entre las multitudes y frecuentan cafés de moda. No hay que buscarlos en las alcantarillas, ni en los antiguos castillos medievales; viven en los espejos porque en definitiva estos monstruos habitan en nosotros, somos nosotros mismos.
Alexander Suárez, hombre común por excelencia, poco interesante y llamativo, descubre en él la marca de los malditos. Habitaba ya en sus sueños, lo presentía en otros rostros, en otros lugares. Las puertas del infierno se le insinuaban, pero él nunca tuvo antes el valor para abrirlas, para traspasar ese umbral del que no se puede regresar. Hasta que leyó el diario.
La tercera parte de la novela nos enfrenta con la noche de la iluminación. Todas las dudas se han despejado, si bien no en el mundo físico, sí en el mundo interior de Alexander: la decisión ha sido tomada y el desenlace es ahora inevitable.
En este viaje que realizamos como lectores tenemos que enfrentar una sensación no siempre agradable: sufrimos en carne propia la indecisión de los personajes o su incompleta vida. Muchos puertas quedan sin abrir, después de permitirnos escuchar interesantes sonidos y ecos reveladores; muchas historias quedan sin decir y muchos personajes salen de escena sin haber satisfecho nuestro morbo. La apabullante sinceridad de un texto que representa sin lugar a dudas un viaje también para el creador y sus fantasmas, sus monstruos dormidos y su avasallante deseo.
No sé como terminar este escrito. La razón es que versa sobre un texto que tampoco parece tener fin. Me quedo en sus líneas, vuelvo a ellas con curiosidad y vértigo. Entonces regreso al inicio (como posiblemente deba hacerse en los laberintos) y recuerdo a Jorge Luis Borges: “Un libro de esta índole es necesariamente incompleto; cada nueva edición es el núcleo de ediciones futuras, que pueden multiplicarse hasta el infinito.” (Borges, 2005: 7)

Mauricio Vargas Ortega es Máster en Literatura Hispanoamericana y poeta costarricense. Ha sido galardonado con el premio Joven Creación, 1993.

Ensayo crítico a la novela De bestiis

“De bestiis”, acercamientos a la narrativa de Manuel Marín Oconitrillo.


Miguel Fajardo Corea. Revista Anexión, Año 15, № 169. Junio-Julio 2007.


La presencia literaria de Manuel Marín Oconitrillo (Guanacaste, Costa Rica, 1970) inicia con su cuentario “Cerrando el círculo”, publicado por la Biblioteca Líneas Grises, en 1992, con nota en la contracubierta de Laureano Albán; hoy, Premio Magón de Costa Rica.
Ahora, suma dos nuevas obras al cuerpo narrativo costarricense: “Confabulaciones”, antología narrativa doble, que incluye “Cerrando círculo”, versión corregida y “Fábula de los oráculos”, así como su intensa novela “De bestiis”. Las tres obras han sido editadas por Lulú.com
Manuel Marín Oconitrillo es un notable artista guanacasteco. Nació en Cañas y tiene un respetable perfil de proyección internacional. Reside en Alemania, desde donde trabaja como tenor. Su repertorio incluye conciertos y oratorios. Maneja diversos contratos operísticos y ha realizado grabaciones; igualmente, ha participado en festivales y concursos en diversas partes del mundo. Esta faceta artística de Manuel debe ser mayormente difundida en nuestro país, reacio a la difusión cultural de calidad.
Marín, Manuel “De bestiis” (Lulú.com 2007:142), contiene portada del argentino Guillermo Malfitami. La novela se encuentra dividida en tres partes y diecinueve capítulos. Esta obra nos introduce en el mundo narrativo del género policial, novedoso tratamiento que irrumpe en la literatura guanacasteca. En dicho género literario converge la historia del crimen que no se expone y la historia de la encuesta, que da inicio con el crimen y se apropia de la narración. Es decir, el interés de este género se orienta a descubrir el cómo. Asimismo, posee un carácter cerrado, la presencia de dos historias, un espacio con límites y su índole intelectual. Sus enigmas pueden ser de identidad (quién); modus (cómo); locus (dónde) o motivación (por qué).
El relato policial se orienta a lo esquemático. Existe un problema y el protagonista le debe dar solución. Este relato se llena de misterio, con nombres desdoblados, con enigmas aparentemente incomprensibles e inexplicables y cuya solución implica descubrimientos, identidades, hechos, métodos, móviles.
La novela es una especie de “dossier” (archivo), donde menciona, desde el punto de hablada del protagónico capitán de policía, Alexander Suárez y el espacio topológico “La casa del paraíso”, toda una serie de hechos y situaciones límite que nos van atrapando conforme avanza el magisterio narrativo.
La novela deja leer los rasgos caracterizadores de la narración en suspenso, donde es clave la segunda parte discursiva, un diario de Wolfgang Ungeheuer. El sistema recolectivo expuesto por Robert Mainz, el traductor, es una pista categórica. Para él, dicho diario es “Abominable (…) absolutamente enfermizo” (p. 10).
La obra de Manuel Marín juega con el tiempo y sus fantasmas, con sus marcas deícticas, donde los racontos, la memoria y las proyecciones establecen la fuerza dicotómica espejo/imagen de la juventud, igual sucede con ilusión/deseo. Hay referencias a dos décadas, seis meses, ahora, hoy, ayer, mañana. Asimismo, a códigos indiciales como la fortuna, los desdoblamientos, las transfiguraciones, las licantropías, lasa bestias y diversas estrategias que operan como ejes procesuales de la narración indagatoria.
La novela accede al recordar selectivo como una licencia discursiva desde donde aborda los nudos del misterio, el sueño, los ocultamientos. Incorpora, por lo demás, fechacientes marcas geográficas de diferentes espacios geográficos de la aldea global. La incursión se expande como un registro de hechos históricos y su inherente galería de nombres y personajes como Alberto de Prusia o Agnes Catalina.
El texto del narrador costarricense fija un registro nominal extensivo, a saber: Marielos, Lorenza, Jairo, Tobías, Rosa María, Carmen, Clara, Léhar, Margot, Lilita, Maurizio Maglioni, Frau, Dimitri, Madden o Rebeca, entre otros. Cada uno de esos nombres encara una historia particular dentro del corpus narrativo que, perfectamente, aceptaría la estrategia discursiva de su recomposición.
De bestiis, de Manuel Marín, escarcea en relación con la tríada deseo/poder/vida y señala líneas discursivas rotundas: “el poder de ser, de vivir más que existir (…) El deseo es el poder puro” (p.40).
La novela en comentario configura ejes bisémicos: yo/otro, en un proceso de búsqueda identitataria “al mirarme al espejo, mi reflejo estaba ausente, era otro quien ocupaba mi sitio” (p.44).
El simbolismo del aniquilamiento anticipa desenlaces “es posible que durante la vida miremos reiteradamente el brillo de la hoz que segará nuestra permanencia sobre la tierra” (p.46). En el orbe onírico es dable la marca de las anticipaciones actanciales.
La novela de Manuel Marín se aproxima al tratamiento de significación intertextual que aborda el verosímil fantástico de la novela “El perfume” (1949), de Patrick Suskind. El narrador guanacasteco endiña:” un único vestido de seda, aquel aroma, aquella reminiscencia de flores” (p.47). En la novela de Suskind, un ser humano sin olor desafía, altera su propia realidad. Incorpora, además, alguna marca fetichista. Sin duda, millones de seres asumen esos comportamientos humanos dentro de sus prácticas culturales.
El título de la novela aborda el tópico del bestiario. A Hugo San Víctor se le atribuye el tratado medieval “De bestiis et aliis rebus”. Algunos tratadistas propugnan que la contemplación y el conocimiento de la naturaleza humana es un medio de reconocimiento a Dios, ya que, como Creador del Universo, deja su huella en él. Para otros es visto como un tratado más específico acerca del simbolismo atribuido a ciertos animales, en el cual, cada elemento de la Creación, encarnaba determinado vicio o virtud. El pintor mexicano Alejandro Rodríguez León (1961) denomina uno de sus famosos cuadros con igual nombre que el tratado de Hugo San Víctor.
Sobre esa base, hay aperturas sobre dichos nudos de significación, los cuales adquieren connotaciones de amplio espectro semántico, toda vez que la literatura actual sostiene registros de discurso plurisignificativo.
En la novela “De bestiis”, se hace alusión a la cacería de mantícoras. A propósito de esa bestia, originaria de la India, es descrita de diversas maneras, como que tiene una triple fila de dientes, los cuales alternan entre sí: rostro de hombre, con ojos relucientes e inyectados en sangre, cuerpo de león; la cola, como el dardo de un escorpión, y una voz chillona, tan sibilante que evoca las notas de una flauta. Es ávida de carne humana. Sus patas son tan fuertes, sus saltos tan potentes, que ni el espacio más extenso, ni el obstáculo más elevado puede detenerla (Cambridge, 51-52).
Para otros, la mantícora tiene ojos de cabra y cuerpo de león, cola de escorpión y voz de serpiente que, mediante su dulce canto, atrae a las gentes y las devora (Image, 113).
Su cola es como la de un escorpión salvaje, con un aguijón y hiere con púas duras, como un puerco espín. Plinio dice que tiene la voz sonora como la voz humana y si éste toca la flauta y la trompa, parece que la voz de esta fiera se armoniza con la trompa, con su ritmo y melodía (Trevisa II, 1099-1100. XVIII: 1).
Dicha bestia hiere a sus perseguidores, vengan por delante o por detrás, y cuando ha disparado sus púas, otras nuevas nacen en su lugar, derrotando así a todos los cazadores (Tonsell I, 343-345).
Cornelio Léhar le regala al protagonista el Nuzhat-l-qu-lub, un libro clave donde se le daba vida a lo inanimado, en el cual “las criaturas de la biblioteca recobraban la vida” (p.50). “Para entonces, Clara, mi dulce Clara, era un espectro bulímico que deambulaba (…) y entre gemidos guturales parecía comunicarse con las bestias” (p. 49).
La decisiva presencia de Margarita Steinhaus, matrona excéntrica de doble voz, como niña y anciana, pues sonaba en las conversaciones cotidianas como si estuviese en el fondo de una caverna.
Hay numerosas referencias a la bestia interior, la cual se llena de mapas semánticos lujuriosos y depredadores. Se habla de la fauna humana y se contrapone una tesis: “para los que huyen, sólo hay dos caminos hacia la libertad: la locura o la muerte” (p. 50). “Todos azules”, se dijo, viendo lo que parecía un pequeño mundo de gnomos, criaturas extrañas, bestias malignas luchando entre sí en el particular ritual de sus pequeñas vidas” (p.97).
El último adjetivo del siguiente párrafo establece una referencialidad con el proceso conductual de animalización, que se ha seguido desde las sociedades primitivas hasta el siglo XXI, en una faceta de ironización, pero no exenta de realidades y prácticas culturales: “cuando la veo siento que me deshago, que hiervo en un frenético deseos de poseerla, de hundirme en ella, de hacer que grite, que luche de pánico y caiga exhausto, sudorosa, Liviana, mansa” (pp.70-71).
El texto muestra una suplantación de la imagen humana: “Había una criatura inverosímil. Su cuerpo en general era humano (…) Sus piernas terminaban en dos cabezas en vez de pies. Una de ellas tenía poco y era muy similar a la de una extraña ave de plumas doradas. La otra, era una cabeza de siervo, de pelaje azul y ojos amarillos. ¡Esa era la criatura que ahora había suplantado mi propia imagen! (pp. 60-61). Es decir, se presenta la suplantación de la imagen humana. Ese tipo de narración es ruptura total en la joven narrativa guanacasteca. Para mí: Hugo Rivas (+), Otto Apuy, Ulises Jiménez, Santiago Porras y Manuel Marín establecen cortes verticales en el quehacer narrativo guanacasteco del último cuarto de siglo. Habrá que agregar otros nombres, que aún vienen con fuerza expansiva, en busca de su espacio expresivo.
La figura de Lao-Tse-Tang, conocido como Lai Tang es misteriosa: “una criatura de la oscuridad, inmune a la luz”. El secreto del vigor y de su longevidad es la raíz milenaria denominada ginseng, que “Puede levantar a un moribundo de la cama y reanimarlo en pocos días” (p.74). La pluralidad de personajes planos ayudan a configurar una especie de fresco actancial, con nombres extraños, de diversas procedencias, por ello, se ofrece una galería geográfica, que permite visualizar otros espacios y ventanas culturales, como parte de la aldea global en la que nos encontramos inmersos.
“De bestiis” se incorpora a nuestra narrativa como una obra holista, desde donde se propugna el esbozo de trazos discursivos y se formula ciertas tesis, entre ellas “la libertad que sólo tiene quien no juzga, quien no condena guiado por prejuicios y colocándose delante de ellos, es capaz de ver la totalidad unificada verdaderamente” (p.75).
En esta pieza narrativa costarricense, Wolfgang es, para el capitán Alexander Suárez, “el mayor enigma de su vida” (p.81), “una especie de bestia que parecía perseguirlo” (p.83). Alexander Suárez asume, además, el nombre de Augusto Lépiz, identidad a la cual debe amoldarse, porque dicho apelativo ahonda su desarraigo y suspenso “Después de todo, ¿no soy Augusto Lépiz, una sombra en el mundo de los vivos? (p.90). Ese acento expresivo es el no ser, una lucha identitataria entre el ser y el reconocer.
La novela mantiene el suspenso, la incertidumbre, la inquietud del reconocimiento, de la sospecha, la duda, la confirmación “Porque, quién sabe en verdad, el pasado de alguien, la oscuridad de sus hechos” (p.97).
La figura de Clea simboliza la de los seres autoenclaustrados, extraños en su propio mundo “Unos meses después la encontraron muerta, envenenada con insecticida” (p.100). “La verdad es que estamos podridos. ¡Todo hiede a mortandad, caminamos sobre lo apestoso” (p.101) y ese enunciado nos aproxima al intertexto shakesperiano. Seguidamente establece una seriación animal “¿Era el lobo, muchacho? No sé por qué tengo la idea de que era el león… Y la oveja, esa sí, con seguridad no era la cabra” (p. 101).
Marín Oconitrillo establece una coyuntura, una apuesta a favor del factor humanidad “Pero ahora…piensen qué quiere decir tibio, fronterizo, pero no simplemente intermedio, sino un estado real, neutro” (p. 119). Se infiere, entonces, que es posible la neutralidad dentro del quehacer humano. Dicho estado signa, según el narrador, “la verdadera naturaleza perfecta” (p. 120), toda vez que no habría prejuicios y únicamente nos preocuparíamos por la sobrevivencia.
Se enfatiza que “Un estado semejante representa el mayor poder sobre uno mismo, acaso lo único que se nos ha dado” (p.121). Por ello, el valor de lo neutro opera como una alternativa de vida o convivencia en la especie: ¿Habría que verlo, entonces?
La trama de esta novela oscila entre el enigma del sufrimiento y la verdad; entre el misterio y las tesis discursivas “Wolfgang vino a mí de entre las ánimas y me dijo “fue allí que empezó el sufrimiento, el peor tormento de mi vida, lo más horrible; y ya no había retorno” (p.123).
Las transfiguraciones y licantropías enuncian un nuevo registro en el arte de narrar desde Guanacaste, a partir del corte vertical con las aportaciones de Manuel Marín Oconitrillo “el viejo se transfiguró en un hombre más joven y vigoroso y de nuevo, ya más cerca, lo que vio fue una mujer, morena, vestida con túnica y turbante, de ojos como rubíes. Más luego (…) la mujer se detuvo transfigurándose en una serpiente (…) el ciego quiso matarla estripándole la cabezas, pero al pisarla, bajo su pie solo había arena” (p.130).
El tópico del otro en mí aparece en la culpable figura de Alexander, quien “repitió, forzando su imaginación y su memoria para hacer surgir de entre las sombras el rostro de Wolfgang, tal como si fuere el suyo” (p.140).
El final de la novela resulta otro enigma “¡Augusto! –exclamó ella, pero a Alexander aquello no le evocaba nada. Acto seguido hizo fuego. Luego caminó hacia la ventana fascinado por el vacío del cielo que ahora era más alucinante, más profundamente poseído por la quietud y la noche.
En síntesis, “De bestiis”, novela de edición europea de Manuel Marín Oconitrillo, el escritor guanacasteco, oriundo de Cañas, significa un grato hallazgo entre mis lecturas anuales. Como afirma Mauricio Vargas Ortega, en el prólogo al cuentario “Cerrando el círculo”: “ Sé que una fiera en alguna esquina me obligará a dejarlo todo”.
De bestiis”, de Manuel Marín Oconitrillo establece, desde ahora, una ruptura con el tradicional modo de narrar en Guanacaste. Su acentos son universales, sus indagaciones nos acercan a modos expresivos en el discurso y anuncian un corte vertical de lo escrito en Guanacaste hasta hoy. Con esta novela y los cuentarios “Cerrando el círculo” y “Fábula de los oráculos”, Manuel refresca y renueva los ejes temáticos tradicionales de nuestros acentos y acervos narrativos. Este acercamiento libre es solo una aproximación a su perfil en el arte de narrar, en consonancia con el caudal de nuestros tiempos y donde conjuga los espacios que no se pueden obviar: los de una aldea global que nos conmina a ser o a desaparecer, en una dialéctica de la sobrevivencia. La apuesta de Manuel Marín es por la causa del espíritu, no por la materialización desaforada, evidente y triste señal del siglo XXI.

Miguel Fajardo (1956) es Licenciado en Filología, escritor, Académico de la Universidad Nacional, Costa Rica y Premio Nacional de Promoción y Difusión Cultural de Costa Rica.
miguelfajardokorea@hotmail.com